Ser estudiante virtual a los 50
Hace dos años, me encontré por azar con la publicidad de la CUN en mi
Facebook. Me causó curiosidad la oferta de un programa denominado 335, mediante
el cual, se podía alcanzar un titulo profesional en tres años. Había terminado
recién mi maestría en administración, y buscando opciones para un doctorado, me
encontré con una realidad frustrante: las convocatorias para becas de posgrados
tenían límites de edad, generalmente los 35. Había llegado a la edad de la
discriminación.
Pensé que mi periplo por la academia había terminado, pero decidí indagar
en la página de la Universidad; era cierto, tres títulos, tres años de estudio,
cinco años para pagar. Busqué entonces la oferta de carreras y me encontré con
Comunicación Social, un viejo sueño que tenía desde los tiempos que fui
voluntario del periódico universitario en la Nacional en Manizales, a finales
de los 90.
Solicité información por el WhatsApp que venía vinculado a la publicidad y
en menos de dos días ya estaba inscrito y matriculado para iniciar clases en
septiembre de 2022. Me sorprendió la agilidad y rapidez del proceso y la
contrasté con los tortuosos días de las matriculas presenciales, las colas, la
falta de cupos y demás arcaísmos de la formación que me tocó a mi en el siglo
pasado.
Con la misma ansiedad que sentí 28 años atrás esperé mi comienzo de clases.
Compre una agenda y me entusiasmaba cada vez que recibía un correo electrónico,
con mi cuenta de la universidad, mi usuario y mis claves para entrar a la plataforma
digital. Asistí a la inducción virtual, navegué por la página, revisé los
primeros cursos, vi todos los videos y comencé clases, sentado frente a una
pantalla con muchas personas más, conectadas de todo el país.
Pronto me encontré haciendo ACAS (las tareas de mi época), presentando
evaluaciones virtuales, incluso hasta trabajos en grupo con personas a las que
solo me comunicaba vía chat. El primer gran ajuste que tuve que hacer fue la
disciplina para sentarme puntualmente a estar en los encuentros sincrónicos de
clase.
A esta edad a uno ya no lo seduce mucho la idea de ir a la Universidad a
socializar o encontrar el amor para toda la vida. Uno quiere cumplir viejos
sueños, aunque evidentemente las motivaciones de cada quien son diferentes y
validas, yo quería ser comunicador y aprender, pero con el tiempo me enfrenté a
una realidad ineludible: la virtualidad es un gran reto para los migrantes
digitales tardíos como yo.
El mundo actual está dividido entre muchas otras cosas, por los nativos
digitales y los migrantes digitales. Los primeros, pues son todos estos
muchachos que crecieron con celular y que tuvieron perfil en Facebook, casi a
la par de su registro civil. Para ellos palabras como reel, lead, APP, avatar,
badge, banner, big data, Blogger, branding, call to action, cloud, QR,
evergreen, cookie, creative commons, CRM, engagement, fan page, feed, follower,
like, frame, hashtag, infoxicación, landing page, layout, login, mockup,
plugin, podcast, query, SEO, storytelling, troll, ux, webinar o zoom (entre
muchas más), son su cotidianidad. Para usted si es de mi generación,
seguramente estará perdido.
Yo tengo profesores que son casi de esa generación de nativos digitales. A
veces olvidan que, en sus auditorios virtuales, del otro lado de la pantalla,
estamos una masa de veteranos, nadando entre colada caliente tratando de salir
a flote con los asuntos de clase. También tengo compañeros de mi edad con los
que hemos batallado en el “team analógico”.
En las charlas de nosotros aun existen las carteleras, los resúmenes, los
cuadernos por materia, los cuadros sinópticos. No solo ha sido ajustarse a la
nueva tecnología, sino a esta nueva manera de aprender, nosotros que venimos
del maestro de bata blanca, pizarra y pupitre destartalado. Aun se me olvida encender
el micrófono cuando intento participar en clase o peinarme antes de encender la
cámara.
Con el asunto de la transmediacion y el uso de todos estos gadgets
tecnológicos, los trabajos de clase incluyen audiovisuales, podcast, diseños de
páginas web, Google sites, landing pages, uso de inteligencia artificial,
blogs, animaciones, edición de audio, video, photoshop, guiones, escaletas,
ángulos, planos, iluminaciones, manejo de luz y un largo etcétera. Confieso que
el primer podcast que tuve que hacer le pedí ayuda a un amigo, yo ni siquiera
sabía que en el playstore había aplicaciones para todo, pues cada vez que
cambiaba de celular, por ejemplo, mi hermano me instalaba todo.
Poco a poco le he ido perdiendo el miedo a ese campo minado que es el mundo
digital, y a partir del uso de la lógica he aprendido a navegar en él, gracias
a lo “intuitivas” que resultan ser muchas de estas aplicaciones. Ya hago
podcast, realizado videos (muy precarios aun) y aprendí a sumergirme en la web
sin flotador, pero siempre cerca de la orilla por si me empiezo a hundir.



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