No debió poner su
apellido aquí en la casilla que dice nombres. Diligencie otro formato y haga la
fila de nuevo, siguiente…
¿Cuánto vale un
formulario de aspirante?
-Diez mil.
Álvaro hizo un gesto
de desdén y su mente se clavó en su bolsillo, traía cuatro mil.
La vida lo puso
entonces en ese dilema diario de las carencias, devolverse a casa sin aplicar al empleo, pedir dinero hasta completar o llevar una bolsa de leche a casa, al
menos.
Se paró al final de
la fila, nunca antes se sintió tan reflexivo, miró uno a uno a los demás
aspirantes. Todos con cara de penuria. La pobreza es algo que los pobres
detectan fácilmente, se pega como calcomanía en la ropa, en los zapatos, en la
mirada de desprecio que se prodigan entre los mismos pobres, pero sobre todo en
el silencio: los ricos tienen mucho de qué hablar, los pobres no.
Treinta y siete
personas, veinte hombres, diecisiete mujeres. Los miró a los pies, sabía que lo
último que estrena un desempleado es zapatos. Desechó los gastados, a los
que se les nota el rebusque. También los de cordón, esos sufren del engaño, al
apretarse mucho se recomponen y parecen en buena forma. Encontró unos tacones
bajos, de los que llaman playeros, buen color, buen aspecto, poco uso. Fue
subiendo su mirada, falda a media pierna, paño café de tablones amplios, bien
planchada. Prosiguió, blusa de satín en palo de rosa, lustrosa, elegante. No
quedaba duda, era la indicada.
Disculpe usted, he
diligenciado mal mi suscripción, y me he quedado corto, ¿podría por favor
colaborarme para comprar otra forma? La mujer apretando el bolso contra su
pecho, le lanzó una mirada fría. La sonrisa tímida de Álvaro se encontró con
unos ojos afilados enmarcados en un par de lentes bifocales que los hacia ver
más grandes y profundos.
- No tengo.
Gracias, dispense
usted de nuevo. La sonrisa se le quedó congelada, todos los que estaban delante
en la fila le voltearon a mirar. Se sintió escrutado, auscultado, el color y el
calor se les subieron a las mejillas, a la cara y sintió el pelo crispado. Un
pobre humillado por otros pobres es la degradación, es ubicarse en el último
lugar de la indigencia. La solidaridad de los pobres es falsa, es burla.
Puede prestarme un
lápiz por favor. Sobre el mostrador de cemento laminado puso el documento y
levemente empezó a borrar el apellido Gracia, una ironía, Álvaro era un tipo
sin gracia, sin suerte, sin fortuna, sin sobresaltos, sin fe. Lo hizo tan
levemente, tan dócil, pero el papel cedió y el Gracia quedó pegado de la goma
del lápiz, dejando una rotura, una especie de cicatriz macabra en pleno
encabezado del currículo. Miró hacia la cabina donde estaba la dependiente que
lo atendió, detrás de ella leyó un cartel enorme en letras grandes y rojas: no
se aceptan formas con tachaduras ni enmendaduras. Sintió algo que le jalaba el
pantalón, era una niña, tome y le estiró su manita. Dos monedas de cien pesos
cada una.
Pasaron dos
segundos, toda la vida, todas las vidas, apretó las manos, no miró a nadie,
pensó en los cuatro mil que le quedaban, restó dos mil del pasaje de bus, supo
que no le alcanzaría para la leche. Decidió caminar.
¿Qué otra cosa hace
un desocupado un martes a las nueve de la mañana en el centro de una ciudad que
no sea caminar? Pasó por el camellón del
comercio, los almacenes aún estaban cerrados, solo unos pocos lugares de comida
estaban abiertos, la tripa le recordó que estaba en ayunas. Bajó hasta la
galería, los pequeños puestos de frutas y verduras seguían empaquetados y amarrados
esperando sus dueños. Algunas manos le saludaron, pero no miró a nadie, sintió
las monedas en la mano.
Caminó una a una,
pausada y rítmicamente las cuarenta y seis calles que lo separaban de su casa,
vio la gente en los paraderos esperando el bus, no sintió cansancio, ni fatiga,
solo rabia, impudor, desesperanza. Deme una bolsa de leche grande, ¿Cuánto
vale?
-Cuatro mil
doscientos.
Entró a su casa, su
mujer lo miró,
- ¿y?
Esperar, toca
esperar. Ahí pase la solicitud, me quedó bien hecha y me la recibieron. La
mujer tomó la bolsa de leche sin mirarlo. Lo llamó Pascual, que mañana empieza
allá en la fama.


Buen final, le dio el toque preciso.
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