En 1993, el mundo por variar andaba en crisis. Europa vivía, otra vez,
una guerra en pleno corazón continental, y Yugoeslavia, el país que nos había
ganado uno a cero en Italia 90, se despedazaba a sangre y fuego, en un
conflicto de odios, razas y entelequias. Checoeslovaquia, se dividía
pacíficamente en dos (Chequia y Eslovaquia) y la naciente comunidad europea
empezaba a hacer experimentos con el euro.
George Bush (hijo), firmaba, pocos días antes de entregar la presidencia
junto al presidente ruso Boris Yeltsin, el tratado START II, con el que se
pretendía reducir el número de armas nucleares. En Colombia, nos seguían dando
la bienvenida al futuro, pero el país, seguía anclado a las batallas de siempre.
Bombas explotaron en Bogotá, en Cali, y la guerra sin cuartel ya tenía
acorralado a Pablo Escobar en una casa del barrio Los Olivos en Medellín,
cuando la nostalgia lo obligaba a hablar a diario con su familia y los gringos
lo escuchaban.
Fresno, se mantenía como un pequeño oasis cafetero, colgado de la
montaña, atravesado por la estrecha carretera a Manizales que de vez en cuando
se desbarrancaba, tapaba la vía, se llevaba uno que otro carro, sepultaba a
varios, y entonces salíamos en las noticias. El país aún tenía en la retina el
empate uno a uno con la poderosa Alemania, el día que Rincón coló el balón por
entre las piernas de Bodo Illgner -una estatua sajona de 1.90-, aquel pase
magnífico del “pibe”, después de haber rodado como croché por las piernas de
Leonel y el “bendito” Fajardo.
Para el mundial de Estados Unidos 94, las eliminatorias suramericanas se
jugaban sin Chile, en dos grupos a todos contra todos. Colombia se encontraba
en el grupo A, junto con Argentina (actual subcampeona del mundo), Paraguay y
Perú. En el grupo B, estaban Brasil, la Bolivia del “diablo” Echeverry,
Uruguay, Ecuador y Venezuela. A la última fecha, Argentina y Colombia llegaban
igualadas con siete puntos cada una, liderando los nuestros por el gol
diferencia (aún no se otorgaban tres puntos por triunfo).
El monumental de River, testigo de las grandes gestas del fútbol gaucho,
hervía aquel domingo vespertino, y nosotros a la distancia desde los
televisores barrigones de perilla nos aprestábamos a ver el partido, en el
taller de bicicletas de Evelio, en el primer piso de la casa del tío
Lorenzo.
Las melenas largas y las pantalonetas cortas marcaban la moda del fútbol.
La historia no se puede cambiar, la Argentina está arriba, Colombia abajo y así
tiene que seguir. Tres cupos directos y una repesca internacional se
repartirían entre los dos primeros de cada grupo. Paraguay en Lima con algo de
chance, enfrentaba a una Perú otra vez eliminada. Señoras y señores, la
Argentina pierde cinco a cero, un gol de Paraguay y estamos fuera del mundial.
A la cancha saltaron los mejores once jugadores del país en la historia,
un equipo sincronizado y aceitado de la
mano de Maturana, cinco años antes del “perder también es ganar un poco”: Oscar
Córdoba, Luis Fernando el “chontico” herrera, Luis Carlos el “coroncoro” Perea,
Alexis Mendoza, Wilson Pérez, Leonel Álvarez,
Gabriel Jaime “barrabás” Gómez,
Freddy Eusebio Rincón, Carlos el “pibe” Valderrama, Faustino Hernán
Asprilla y Adolfo el “tren” Valencia saltaron a la cancha perdidos entre la
lluvia de papelitos blancos, algo tímidos, pero envalentonados.
Por la Argentina: Sergio Goycochea, Altamirano, Borelli, Ruggeri,
Saldaña, Fernando Redondo, Diego Simeone, Zapata, Rodriguez, Gabriel Batistuta
y Medina Bello, dirigía el “coco” Basile. Facheros, superiores, arrogantes,
bonitos…
El salón en que nos reuníamos a ver el partido era amplio, a medio hacer,
en obra gris, de pisos rústicos y paredes grasosas. Funcionaba como taller de
motos y bicicletas. En el centro colocábamos sobre una mesa el pequeño
televisor gordito de colores. Las sillas se disponían como media platea semi
circular. Ese día calculo estábamos veinte personas. A un lado, estaba el
equipo de sonido, con el que bailábamos en el preámbulo, en el entretiempo y finalizados
los partidos, los discos de acetato de Jerry Rivera, con cara de niño…
Ni el más optimista de los colombianos o el más pesimista de los
argentinos vislumbraban lo que iba a pasar, solo noventa minutos después del
pitazo inicial. Maradona y setenta mil porteños más de pie aplaudiendo y los
locutores agradeciendo al menos, el paso al repechaje. Un árbitro uruguayo,
Ernesto Filippi, no daba garantías a los colombianos y todo estaba enrarecido:
el monumental de River rugía.
Cuarenta minutos del primer tiempo, una feroz batalla por dominar el
medio campo, escaramuzas controladas de Batistuta y un Oscar Córdoba que,
tocado por los dioses de la serenidad, contenía una tras otra, las andanadas
desordenadas de los arietes gauchos, que desesperados, pechaban a los nuestros,
enrostrándoles sus dos títulos del mundo, en el mismo estadio en que Videla,
dieciséis años antes le lavaba la cara al régimen con una pelota de cuero.
Nosotros conteníamos la respiración y gritábamos ante cualquier jugada cafetera,
los nervios nos tenían pegados a la silla, William Vinasco Ch, gritaba “que no
me esperen en la casa” y afuera el pueblo, en una tarde fría y gris, se
arremolinaba en los cafés, los bares del parque y en las casas. En un país
lleno de cosas malas, como narró el turco Oswaldo Wehbe, aquel legendario gol
de Rincón en Italia 90, el fútbol, era lo poco que nos cosía como nación.
De la nada. Valderrama coló un balón por la punta derecha a Freddy, otra
vez Freddy, cinco segundos en que se nos olvidó la guerra, los narcos, las
bombas, la zozobra, la indignación. Merecíamos alguna vez llorar de alegría,
Rincón eludió a Sergio Goycochea y le clavó el balón en el fondo de la
red. Saltamos y nos abrazamos como
nunca, alguien tropezó y fue a dar sobre la mesa y el televisor ladeó en un
amague por caer al suelo, lo pude contener. Señoras y señores, la Argentina
pierde uno a cero. Se acabó el primer tiempo, Jerry Rivera, ¿qué hay de malo en
quererte, como yo te quiero?
El segundo tiempo arrancó como venía. Argentina dolida, una selección
endemoniada, un ejército de once queriendo recuperar a Las Malvinas. En las
tribunas, los porteños alentaban, exigían venganza, pulgar abajo, sin piedad.
Cinco minutos y Freddy, con su pierna kilométrica derecha, lanzó un pase a lo
profundo, el blanco izquierdo desprovisto dejó a Asprilla, desgarbado,
zigzagueante frente a “Goyco”, la pelota al fondo de la red, el silencio, el
delirio: señoras y señores, la Argentina pierde dos goles a cero.
El “coco” Basile, metió dos hombres. Maturana impávido, los mantenía.
Minuto 72, Asprilla por la izquierda, Goycochea conteniendo, Leonel Álvarez, en
quizá la única gambeta de su vida, llegó al fondo y metió el pase de la muerte,
Freddy, otra vez Freddy, con un remate mordido, la pelota al fondo de la red.
Señoras y señores la Argentina pierde tres a cero. ¡Todo les entra loco! ¿Cómo
va en Lima?
Tres minutos después, Asprilla, le quitó el balón a Borelli, como quien
quita un confite a un niño. Por la izquierda y sin contención, lanzó un globo
genial que pausado se clavó en el ángulo derecho, Sergio lo acompañó con la
mirada. Fue la bomba atómica en el corazón de Buenos Aires. Señoras y señores,
la Argentina pierde cuatro a cero. Afónicos, desabrochados, irrompibles, nos
abrazamos de nuevo. Los gritos de la calle llegaban como bombadas, andá trepáte
a un árbol hermano colombiano, turco querido que estás en los cielos.
La Argentina destrozada deambulaba por la cancha, sin norte, sin guía,
sin brújula, sin recursos, cabizbajos. Un gol de Paraguay y estamos fuera del
mundial, ¡les entra todo loco! Minuto 84, ¡que se acabe esto! ¿Por qué lo
llamarán el “pibe”? Valderrama filtra un balón a Asprilla otra vez por la
izquierda, los defensores argentinos lo miraban, no corrieron, esperáme hombre
que aquí voy, el “tren” Valencia corrió desde Avellaneda, la pelota le rebotó
en la canilla y entró, ¡les entra todo loco! Señoras y señores, la Argentina
pierde cinco a cero, ¿cuánto falta en Lima?
Pitazo final. Jerry Rivera, amores como nuestros quedan ya muy pocos.
Maradona de pie aplaudiendo. La peor derrota de la historia, esta Colombia está
pa cosas serias. Colombia, Colombia, Colombia, Colombia…la gente se tiró a las
calles, de la nada una caravana empezó a formarse, Fresno, la pequeña villa del
café, se inundó de llanto, de la lluvia de las seis de la tarde, de la tristeza
contenida, del dolor, de la angustia, el milagro es colombiano, salió de un
libro de García Márquez, el general en su laberinto está tranquilo, turco
querido que estas en los cielos.



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