Hace poco leí una de esas muchas
frases sueltas que circulan por las redes como anzuelos apócrifos que uno
muerde de cuando en cuando: “todos tenemos una fecha en que se nos partió la
vida” decía. La frase rodó por mi cabeza como ficha de bingo en una tómbola y
me llevó irremediablemente a pensar o a recordar mejor, en que días se me había
roto el mundo. Hice un listado preliminar a vuelo de pájaro y concluí que todas
aquellas fechas estaban asociadas a la muerte, a la muerte de alguien, de
alguien cercano obviamente. La muerte tiene esa capacidad expedita de marcarle
la memoria a todos y quedarse ahí como una muesca arañada de la que a veces uno
mismo y el tiempo se aleja, pero que se detona así repentino como cuando un olor callejero lo toma
a uno de la mano y lo lleva a la infancia.
He
tenido como muchos muchas muertes y si, es verdad, llevo esas fechas como lápidas
en la memoria. La primera que recuerdo fue la de mi abuelo, un primero de enero
de 1986 ¿a quién se le ocurre iniciar el año muerto? A mi abuelo por supuesto.
Venía luchando contra un cáncer pulmonar, producto de sus eternas decenas de
cigarros Piel Roja que consumía rítmicamente, sin pausa y las cuales muchas
veces yo, siendo un niño, compré para él. Pasamos el 31 de diciembre en casa de
una tía y lo vimos sentado en la mitad de la sala pegado a su bombona de
oxígeno como un patriarca que se extingue. El primero de enero lo trasladaban a
Ibagué donde un médico muy bueno, aunque ya todos, incluso yo con once años,
sabíamos que no había retorno. En esas estaban arreglándolo para el viaje, dos
de mis tías que curiosamente estaban embarazadas. Me encontraba en el marco de
la puerta y observaba todo. Al abuelo le entró un paro fulminante y se desgonzó
sobre la cama, vi como su pantalón en su bragueta se mojaba. Mi tío que también
observaba desde la otra puerta, se abalanzó sobre él y empezó a hacerle
reanimación en uno de los actos más heroicos que jamás yo vi. Mis once años y
yo nos quedamos ahí pegados a la nada, mientras mi tío alzaba en brazos al
abuelo y lo subía al carro para llevarlo al hospital que estaba cerca. Todos
salieron a correr detrás, yo de último porque me temblaban las piernas, como aún
me pasa cuando sufro un miedo intenso. Llegué hasta el hospital, vi a mi tía la menor con su avanzado embarazo
llorando de regreso a casa con los zapatos del abuelo en la mano.
Supe
que mi deber en ese momento era actuar de mensajero y me apresuré hasta la casa
a avisarle a mi mamá. Era un trayecto de unas diez calles las cuales pasé como
Usaín Bolt. Antes de entrar tuve un momento de reflexión y decidí decirle que
el abuelo se había puesto malo y lo habían llevado al hospital de urgencia.
Creo que hay veces en la vida en que uno debe mentir así, así de esa forma…
La
muerte familiar nos dio una tregua larga. Pasaron muchos años antes que nos
volviera a morder. Fue hasta 2005, pero esta vez se vino como si quisiera
cobrarse todos los años de asueto y nos arrinconó a todos. Se llevó a mi
hermano a sus veinticuatro años, bueno la verdad fue que él se quiso ir y quedó
sonriendo en su ataúd con su camiseta del Deportivo Cali.
Al día
después de su funeral, entramos mamá y yo a desentrañar su cuarto. Hay que
moverlo todo y desubicarlo para que ellos en su pasaje no se queden trancados y
se pierdan o se queden suspendidos atados a sus cosas. Cada objeto que estaba
allí pasó a ser tan desconocido, como aquellos descubrimientos que se hacen
después de pasar tanto tiempo por el mismo sitio. Las horas pasaban como si el
reloj fuese hacia atrás. Nos miramos tantas veces sin decirnos nada. Cambiamos
de lugar la cama, desdoblamos y doblamos nuevamente la ropa, encontramos
minucias propias de su vida simple y algún dinero que gastamos en flores para
las novenas. Carticas de amores pasajeros, noticas perdidas de pensamientos
inconclusos y dibujos con sus trazos ubicables, de una afición que todos
conocimos.
La entereza
de mamá me desbarataba, desde ese día siempre habló de él como si siguiera
vivo; no sé si alguna parte de su corazón entró en una negación perenne, hay
cosas insondables en el cariño de una madre que nadie podrá entender. La casa
por esos días tomó olor a flores frescas, me es difícil recordar cómo nos
encontrábamos en los espacios, estábamos como sin estar, sintiéndonos
incompletos, confundidos. Tengo grandes espacios de lugar y tiempo que se me
borraron: la memoria hace sus profilaxis que a la larga resultan saludables. No
recuerdo por ejemplo si comíamos o no, si estábamos todos o no, si se veía
televisión, si se iba a la tienda, si se saludaba al vecino. La cotidianidad
nos iba arrastrando en las inercias del deber vivir como las cáscaras que dan
vueltas en los arroyitos de las calles cuando llueve. Fueron días muy
difíciles, la vida colectiva de una familia cuando le arrancan a uno de los
suyos jamás se recompone.
Después
llegó el Covid. A Lina la conocí por allá por el año 99, cuando ambos
estudiábamos en Manizales. La conocí en la casa que yo compartía con Jairito,
Andrés Echeverry y Emmanuel. Yo ya era amigo de Oscar y de Jaimito Jaramillo
que era vecino nuestro. Habíamos creado una pequeña cofradía quindiana en donde
yo era el infiltrado, y que en sus comienzos nunca pensamos que se fuera a
afianzar tanto y que iba a viajar en el tiempo hasta instalarse en lo perenne
del cariño cuando ya es honesto. Ella era una pequeña duquesa, bueno lo sigue
siendo, aunque ya le dimos la asunción a reina hace rato. Era muy amiga de
Echeverry y nosotros, Oscar y yo en un trabajo milimétrico, silencioso casi
quirúrgico logramos arrancársela. El tema fué complejo mucho tiempo y fuimos
mejores amigos a escondidas, como esos amantes, pero más compenetrados, más
unidos. Empezamos a ir a cine, a recitales de poesía, a teatro y a pasear como
aquél día que nos fuimos de aventón hasta Quimbaya a ver los alumbrados. Ella,
la muñequita de porcelana, la de los abolengos, ese día paró un carro, y con
sus encantos -que los tenía y muchos-, logró detener una camioneta que nos dejó
en Armenia en el parque del hacha. Ese día nos demostró lo guerrera y noble que
era y ya fué imposible no quererla. Se convirtió en un dispensador de afectos y
adquirió la destreza de conocernos por separado y darnos a cada uno la palabra
y el afecto que necesitamos cuando recurríamos a ella cabizbajos y desbarataos
y ella nos rearmaba y encajaba. Teníamos ese nivel de casi no vernos pero de
retomar la charla como si hubiésemos tomado tinto ayer. Fuimos de esas
amistades en donde el silencio nunca incomodó y nos quisimos mucho y nos
recordamos con afecto. Hace poco recibí una llamada de Oscar, tenía la voz
entrecortada y me contó de su enfermedad. Ambos nos quedamos como una hora cada
uno al lado del celular en silencio, con los ojos inundados de llanto. Sabiendo
sus antecedentes familiares yo me angustié mucho y viajé el martes santo hasta
Armenia solo para vernos un rato y reencontrarnos, dadas las restricciones que
por su salud eran evidentes. Compartimos unas cuatro horas y ella terminó
reconfortándonos y dándonos ánimo como siempre. Gracias a la divina providencia
ella se fué recuperando, cuando me llamó a decirme estoy mejor y todo va muy
bien, volví a llorar, pero el Covid tenía otros planes.
A
las 11 y 33 de la noche sonó en el celular la señal que indica que entró un
mensaje de watsap. Ya estaba acostado, en duermevela, en ese trance de recordar
lo que se tiene pendiente. Pensé no revisar, pero recordé el estado de salud de
mi hermana y supuse que podría ser algo relacionado con ella. Busqué en la
oscuridad con el tacto las gafas, en el lugar en que el cerebro y la rutina se
encuentran siempre. El color azul de la luz me golpeó la retina, parpadeé
varias veces como buscando ajustarme a esa lucecita molesta. La tecnología que
ha cambiado todo, cambió sobretodo la forma de comunicar. Leí de manera
desprovista: "muchachos acaba de morir Lina, me llamó su prima. Agradecido
con la vida de haberla conocido. Todos aquí la queríamos, ustedes serán siempre
ese camino a recordarla juntos. Un abrazo, se siente un hueco tener que enviar
este mensaje. Los quiero mucho a todos"...
Volví
a leer, dos o tres veces más. Y ese hueco también se me instaló en el pecho.
Aunque soy una persona sensible, llorar a grito herido no se me da, a lo sumo
se me encharca el ojo y me entristezco. Pero verme allí, en la oscuridad,
leyendo aquello, como informándome a mí mismo, me resultó demoledor. Era la
primera vez que me comunicaban algo así por watsap. Uno espera la llamada
tardía, esa que suena a las 3 de la mañana, como dando una introducción. Uno
escucha el timbrar a esas horas inoportunas y al menos tiene un segundo, que se
yo, tal vez menos, para decirse algo pasó y construirse una sospecha. Pero un watsap
es una saeta que rompe cualquier barrera y se queda allí como aviso de neón,
retumbando, yendo y viniendo y uno en la cabeza no tiene una voz que escuchar,
ni un tono, ni una congoja. A uno mismo le toca darle su tristeza y su
lectura...no hay nada más frio que eso...



Realmente hermoso y lleno de sentimiento, es como hacer un viaje en el tiempo imaginando paso a paso lo que tú historia cuenta con tanto detalle
ResponderEliminarIncreíble como la vida nos enseña a sobrevivir a pesar de tanta adversidad.
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