Ser un migrante digital.

Ser un migrante digital en pleno siglo 21 es algo así como lanzarse a descubrir América en 1492. Venir de la generación de las clases de mecanografía en la vieja Olivetti, de las fotocopias y de las llamadas a teléfonos fijos en donde uno simplemente podía no estar es de cierta manera venir de lo analógico, de lo secuencial, de lo que se hacía una cosa a la vez.

Ahora todo es frenético, vertiginoso y saturado desde el punto de vista de la información. Un migrante se siente abrumado y perdido, a mi madre por ejemplo adaptarse a un teléfono celular le ha resultado imposible. Después de muchos ires y venires, en eso que hoy llamamos flecha, su logro tecnológico se limita a contestar y hacer llamadas. Pensar en un celular inteligente para ella es sencillamente abandonarla en marte. 

A mi me ha costado aprehender esta manera de conducirse por el mundo virtual. Como estudiante ya cuarentón estar entre jóvenes que parecen haber nacido con Facebook en lugar de registro civil lo pone a uno en desventaja. No obstante, las múltiples ventajas que trae para la educación por ejemplo todas estas herramientas tecnológicas.  Esta alfabetización digital es ineludible y prácticamente a todos los de mi generación y anteriores nos ha tocado empujar la barriga en un cinturón delgado, pero ahí estamos tratando de entender mientras navegamos entre grupos de WhatsApp, subimos fotos al drive, posteamos cosas en Instagram y hasta algunos mas avezados ganan plata en onlyfans.      


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